Un polvo perezoso (III)

Cuando tuve suficiente de sus lametones y mi sexo se calmó, me giré quedando tumbada de espaldas a él. Noté un poco de desconcierto porque no soy yo la que suele dar indicaciones sobre nuestras posturas, pero el escritor reaccionó bien: expectante y atento a lo que venía a continuación. No sé si esperaba que le pidiera que me la metiera en esa postura, pero yo estaba en un estado de relax maravilloso aún con un toque de excitación. Como un “pre” que tiene ese toque justo que te va manteniendo. La diferencia es que en vez de ir subiendo de intensidad, le estaba dirigiendo para que me fuera bajando a la tierra.
– Bésame – Le ordené con calma -. Empieza por mi cuello y ves bajando.
Eso hizo, fue bajando por mis espalda y se entretuvo un rato en mi culo. Deseando estaba que profundizara! No pude evitar apretarle la cabeza contra mi carne y que se hundiera cuando sacó la lengua no sé con qué intenciones. Acabó con ella metida en mi ano, jugando a entrar y salir con pericia y yo que quería ir bajando el tema… vaya dos estamos hechos! Es la provocación contínua.
En medio del placer note que bajaba su cuerpo para seguir deslizándose por mis piernas y acabó chupándo

me los deditos de los pies. Puro delicia, me encanta.

Se levantó y se dirigió a la puerta de la habitación para abrir un poquito y dejar paso a la luz del mediodía que me cegó.
¿No podían ser las diez o algo así? Quería volver a repetir antes de irme.
No fue posible.
Hay obligaciones importantes como atender mi otra casa.
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