La reina del castillo (II)

La reina entró por la puerta cuando nosotros aún ni siquiera nos habíamos movido de postura. Oí el sonido de la puerta de la entrada al cerrarse y unos pasos que se acercaban. Estaba súper expectante por ver cómo era, encima me iba a ver desnuda, yo a ella y vete a saber qué iba a pasar ahí. Ay dios mio!
Cruzó el umbral de la puerta tan normal y feliz. Con una sonrisa nos saludo (a todo esto yo seguí debajo del escritor a modo misionero) y empezó a desnudarse con total calma. Llevaba una ropa sencilla y con un aire hippy. Suelo analizar bastante estas cosas y eso me hizo verla como alguien cercana y cariñosa. Sencilla, madura y dulce.
El escritor se despegó de mi para recibirla en la cama, la besó y se tumbó con ella a mi lado. Esta vez eran ellos quienes adoptaron la postura del misionero. Yo me quedé tumbada en la otra parte de la cama de manera que la reina quedó tumbada justo a mi lado con el escritor encima.

– Mira que tetas tiene – dijo con lujuría el escritor.

Y empezó a comérselas con ansia, de vez en cuando las masajeaba y me miraba. Cuando dejé de mirarle y controlé un poquito mi cachondo mental de verle así, subí la mirada y me encontré justo con la de ella. Creo que me besó y empezó a tocarme con la mano que le quedaba más cercana a mi. Yo estaba tan alucinada que no pude mover ni un músculo más que el de mis ojos que miraban atentamente toda la escena. Él empezó a embestirla y la reina jadeó.
Qué fuerte me estaba pareciendo todo eso. En plan bien, eh? Tenía dos personas al lado follando sin pudor y con ganas de hacer no sabía el qué conmigo. Sí, así de inocente soy a veces, jaja.

Estaba yo con mis pensamientos cuando la reina se apartó del escritor y vino hacia mi. Uf! Se acercó por los pies de la cama, cogió el hitachi y lo puso en marcha. “Ay dios mio”, pensé. Eso era algo desconocido para mi, pero la reina lo tenía muy claro y lo manejó con destreza. El escritor nos observaba disfrutando la escena.
Cuando me sacó un orgasmo, volvió a por él y este la tumbó boca abajo para seguir embistiéndola. Les pregunté si no les importaba que mirara, no tenía ganas de participar. Quería mirar, me encantaba. Además me intimidaba un poco el echo de que ellos tuvieran experiencia en estas situaciones y no sabía muy bien qué hacer para acompañar el momento.
Cuando acabamos nos vestimos y tomamos algunas fotos. Hablamos de dónde ir a cenar y optamos por una pizzería que quedaba unos número más allá. El escritor se separó de nosotras una vez bajamos a la calle para seguir por otro camino.

Durante la cena todo estuvo genial. Charlamos animadamente sobre nuestras cosas como el trabajo, la familia y otros temas sin más importancia. Supongo que las dos éramos buenas conversadoras y estábamos a gusto ahí hablando. Hablamos poco del echo de que yo saliera con el escritor y una de las pocas cosas que me planteó a parte de qué tipo de relación buscaba con él (vaya preguntita…!), fue qué pasaría si coincidíamos las dos en horario para quedar con él. no tuve duda: pues sería ella la prioridad. Era la reina del castillo, lo tenía clarísimo.
Hubo un momento triste cuando me contó que se le había muerto recientemente uno de sus perros. Yo también tengo uno y empaticé totalmente con ese sentimiento. No pude reprimir el sentarne a su lado para consolarla cuando se me puso a llorar. Seguidamente me contó que se le estaban juntando varios temas y entre ellos estaba su relación con el escritor. Me estubo haciendo algunos comentarios sobre él y en ese momento me lo tomé como el típoco cotilleo de cualquier tía hablando de su pareja, pero no era así. Así mismo confesó que no estaban muy bien y que no tenía muy claro si irse a vivir con él aún y cuando estaban ya en plena mudanza. Qué descontrol, pensé. Pero bueno, era su relación y por supuesto yo no me iba a meter. Sólo que pude escucharla e intentar comprender su punto de vista de todo el asunto.
No me afectó las negatividades que decía de él pues siempre he sido uan persona que voy a la fuente original a buscar la información y el que me lo cuente otra persona es meramente un punto de vista para mi. Comprendo, empatizo, pero no tengo opinión.

– No me voy a vivir con él, lo estoy viendo claro. En cuanto pueda se lo digo – dijo cuando estábamos bastante avanzadas en la cena.

Me quedé sorprendida, pero tampoco sabía muy bien qué historias se llevaban así que sólo pude mostrarle tristeza por ellos.

La reina del castillo (I)

Hoy mi marido me ha preguntado por un club de mujeres al que una vez me invitaron a formar parte. Me hizo mucha ilusión porque quien lo organizaba era todo un referente para mi en el mundo poliamoroso.

– No puedo ir porque me han dicho que ella se incomoda con mi presencia y hay que cuidar su vulnerabilidad.
– ¿Pero no es un club de recogimiento para mujeres?… y echan a una?
– No sé, me ha sorprendido que no hayan sabido separar algo personal. Como fundadora creo que debería ser más neutra, pero es su decisión y no me voy a meter.

PASO.

Ese “ella se incomoda” es alguien con la que coincidí en un  breve periodo de mi vida, pero fue bastante intenso. Interactuamos poco, pero suficiente como para provocarle una rabia inmensa. Ella era la reina del castillo donde yo decidí entrar y aún y así se vió amenazada.
¿Mala gestión de su rey? ¿Inseguridad de ella? Juzguen ustedes mismos, esta es la historia de cómo concí al escritor. En realidad es la parte en la que conocí la que por entonces era su pareja.
Sabía de sobras que el escritor tenía y no una cualquiera: era una mujer liberal desde hacía muchísimo tiempo, apreciada (según tengo entendido) por el ambiente que frecuentaba, amada hasta la médula por el escritor, con un buen trabajo, buen corazón, guapa y un sinfín de buenos adjetivos hasta aburriros. Qué encantadora, verdad? Pues eso pensé yo. Como tembién pensé: vamos a conocerla.

El escritor me había comentado que la reina tenía algunas dudas/inseguridades con mi entrada en sus vidas. Como es normal en mi, lo primero que me vino fue el sentimiento de dar tranquilidad y agradarle. Le comenté al escritor que le parecía si nos íbamos de cena ella y yo juntas para conocernos y charlar. Que viera que yo era una persona normal y corriente y sin ningún ánimo de robarle al escritor. Somos poliamorosos, no? No debería haber esos problemas, pero son más habituales de lo que parecen. A mi no me cuesta nada ofrecer ayuda y me puse muy contenta cuando el escritor me dijo que la reina había aceptado cenar conmigo.

Un 17 de diciembre quedamos el escritor y yo para estar juntos. Él aún estaba nervioso en el terreno sexual conmigo, era tan tierno, jeje. Esto es algo de lo que ya hablaré en otro post porque el protagonismo de este post no es para nosotros.
Llevábamos creo que un par de horas juntos y se hizo casi la hora de cenar. El escritor estaba encima de mi, penetrándome. Creo recordar que sonó el móvil y el atendió el mensaje que llegaba.

– ¿Quieres que le diga que se venga con nosotros? – dijo en tono divertido. Estaba tanteándome.
– Emmmm… –  dudé.

Un trío??? En serio?!  Jamás había hecho uno en petit comité y jamás así de repente, con la pareja de alguien. Uf, demasiadas nuevas experiencias de repente y encima con alguien que me daba bastante respeto.

– Vale…

Mi curiosidad pudo más que nada y él me animó sólo con su actitud y su cara. Estaba claramente contento por la situación e imagino que le daría un morbazo increíble.

Un polvo perezoso (III)

Cuando tuve suficiente de sus lametones y mi sexo se calmó, me giré quedando tumbada de espaldas a él. Noté un poco de desconcierto porque no soy yo la que suele dar indicaciones sobre nuestras posturas, pero el escritor reaccionó bien: expectante y atento a lo que venía a continuación. No sé si esperaba que le pidiera que me la metiera en esa postura, pero yo estaba en un estado de relax maravilloso aún con un toque de excitación. Como un “pre” que tiene ese toque justo que te va manteniendo. La diferencia es que en vez de ir subiendo de intensidad, le estaba dirigiendo para que me fuera bajando a la tierra.
– Bésame – Le ordené con calma -. Empieza por mi cuello y ves bajando.
Eso hizo, fue bajando por mis espalda y se entretuvo un rato en mi culo. Deseando estaba que profundizara! No pude evitar apretarle la cabeza contra mi carne y que se hundiera cuando sacó la lengua no sé con qué intenciones. Acabó con ella metida en mi ano, jugando a entrar y salir con pericia y yo que quería ir bajando el tema… vaya dos estamos hechos! Es la provocación contínua.
En medio del placer note que bajaba su cuerpo para seguir deslizándose por mis piernas y acabó chupándo

me los deditos de los pies. Puro delicia, me encanta.

Se levantó y se dirigió a la puerta de la habitación para abrir un poquito y dejar paso a la luz del mediodía que me cegó.
¿No podían ser las diez o algo así? Quería volver a repetir antes de irme.
No fue posible.
Hay obligaciones importantes como atender mi otra casa.

Un polvo perezoso (II)

Cogí el Hitachi y sin dudarlo lo coloqué encima de mi sexo a una velocidad de vibración considerable. Estaba muy excitada y quería un orgasmo YA. Busqué aún con los ojos cerrados y en la absoluta oscuridad de la habitación su boca, girando la cabeza hacia mi derecha. La encontré y bebí su aliento excitado, cálido y entrecortado por su lengua que iba buscando la mia con placer. Adoro besarle.
Mi manos estaban ocupadas buscando el punto perfecto para llevarme al orgasmo y en el camino, el placer iba y venía. Su miembro entraba y salía intentando seguir mi ritmo y adecuándose a su propio placer. Dios, que tremendo todo.
Dejé de besarle, me volví egoísta y me dejé follar por todos. El orgasmo llegó rápido con poco aviso pues en estos polvos perezosos no es que esté yo muy comunicativa. Explotó en el centro de mi clítoris y sólo hacía que subir y subir. Me hice un ovillo y volví a deshacerlo para arquearme hacia atrás. Creo que él aún seguí dentro de mi intentando controlar lo suyo y lo mio. Ya os digo que me volví egoista, pero bueno, ya tendría su momento después.
El orgasmo no desapareció del todo, fue bajando suave como una pluma y mantuve el Hitachi encima de mi clítoris. Lejos de molestarme, me mantenía en ese estado cachondo y quise más.
Esta vez costó algo más y creo que en ese rato el escritor se corrió. Tan a gusto estábamos, tan dormidos, tan inconscientes y tan excitados que casi lo hace dentro. Salió a última hora y su corrida quedó esparcida en algún lugar entre mi culo y las sabanas. Yo seguía con lo mío y llegó el segundo orgasmo, delicioso como el primero mientras el escritor se mantenía detrás de mi acariciándome y acompañando ese momento con todo lo que quedaba de él. Notaba su respiración detrás de mi al igual que el calor de su cuerpo y la corrida pegajosa más abajo.
Apagué el Hitachi y lo deposité de nuevo en la mesilla.
Me giré completamente hasta quedar cara a cara y le besé para darle los buenos días y las gracias por ese polvo perezoso, como también por acompañar mis dos orgasmos. Los besos no paraban y lejos de ser un bonito postpolvo me estaban poniendo. Notaba la entrepierna mojada de mi flujo por los orgasmos y quise que lo probara, que nos lo comiéramos los dos. Bajé la mano y mojé dos dedos… le besé con pasión y los metí entre su boca y la mía. Se rompió el silencio que hasta ahora había acompañado nuestros suspiros y jadeos.
– Si quieres que te lo coma, me lo dices. No me andes con sutilezas – Jajajaja!! Qué simpático y descarado sonó.
– No pretendía ser sutil, tenía ganas de que fuera así… pero ya que lo dices… cómeme – Fue bajando lentamente hasta depositarse delante de mi sexo-. Suave, plano, de abajo arriba.
– ¿Cómo? Buenos días, por cierto.
– De abajo arriba, tal y como lo hacías ahora. Buenos días, jeje.
Quiero un postpolvo como si se tratara de un “pre”.
Al tratarme con esa picardía, sacó de mi peticiones que hasta la fecha no lo había hecho saber con palabras. No suelo dar indicaciones de voz cuando follo, prefiero la sutileza del tacto. Con el escritor se suma que me siento dominada por él y a su merced y eso me hace aún más sumisa. Eso no quiere decir que no le haga saber cuando algo no me gusta, pero es que hasta la fecha esto es como un cuento de hadas sexual.

Un polvo perezoso (I)


Ayer me fui a dormir muy dolorida. Estuvimos en el Uhomo y se me ocurrió la fascinante idea de que me hicieran un squirt. Ya os contaré eso en otro post…

El tema es que me fui a la cama sobre las 6am en casa del escritor, hecha un trapillo. Joder, qué escozor!
– Hacemos cucharita?- me dijo mientras me dejaba un hueco a su lado.
Qué tierno es cuando dice estas cosas… me desarma. Ayer no estaba de mucho hunor porque sólo que sentía eso ahí abajo y me cagué en todo porque no pude hacer el amor con él, pero me dormí con el calor de su cuerpo pegado a mi espalda. Perfecto (casi).
No sé qué hora sería cuando desperté sin abrir ni un ojo. Llevaba ya un rato moviendo mi trasero en dirección al paquete del escritor. No me había movido de mi posición en las pocas horas que había dormido y parecía que lo de ahí abajo estaba calmado.
Volví a removerme, esta vez ya bien pegada a él. El escritor reaccionó acercando su boca a mi oreja, besándome donde acertaba y tocándome con ese sueño aún pegado al cuerpo.
Me encantan estos polvos. Los llamo polvos perezosos y son perfectos, sinceros, nacidos de la profundidad del alma.
Me giré a darle un beso, ya tengo medio superado lo de que no le moleste mi aliento matutino (la verdad que yo no le noto nada a él) y guié sus manos por mi cuerpo hasta que decidió pararse en mi sexo. Mojado, como de costumbre… jaja. Desconozco si se percató, si le excitó o si actuaba por inercia. Me daba absolutamente igual pues ya estaba trabajando toda la zona y… ummmm, me estaba sentando de maravilla. Aún no sabía si el dolor de ayer noche estaba curado del todo y notar sus manos sin ninguna ansiedad por entrar dentro de mi, me relajó.
Me fue estimulando con pericia y yo cada vez estaba más animada, esperando el momento en que su miembro entrar dentro de mi.
Estábamos aún en posición de cucharita y sin nuestra ropa interior (últimamente dormimos así: preparados, jaja), sólo tuve que mover mi brazo hacia atrás y buscar algo erecto. Lo encontré por supuesto, y lo estimulé. Quería que sintiera lo mismo que él me hacía a mi.
Los recuerdos son difusos pues estaba medio dormida, no sé cómo acabó entrando dentro de mi al poco rato y sentí un leve pinchazo dentro de mi: “auch!” Aún tenía alguna secuela de ayer, parecía que no estaba curado del todo aunque seguí excitada y queriendo más.
Entro y salió multitud de veces, con toda esa lubricación era imposible parar. Fue delicado, pero firme. Unas pocas veces tomó algo más de velocidad y me supo a gloria, tanto que alargué la mano hacia la mesilla de noche situada delante de mi y cogí el Hitachi. Con el movimiento de mi cuerpo por alcanzar el vibrador, se salió fuera, pero no dude en meterme de nuevo su polla cuando volví a mi posición inicial. Parecía que ya no dolía nada, qué bien. Apreté mi musculatura interior del tremendo gusto que me dio volver a meterla dentro y noté como él también se excitó expandiéndose dentro de mi. Me encanta notar eso, ese “blub” que hacen las pollas dentro de ti cuando se ponen por alguna acción concreta. También me ha proporcionado algunas risas en algún postpolvo al usarlo como si de una comunicación morse se tratara. Tonterías que se hacen… ya sabéis!

Visitamos… El Jardín del Edén (IV)

Cuando el escritor salió del vestuario le comuniqué mi intención de besar a la pareja para despedirme y no entendió que quisiera ir yo sola. La verdad es que me daba vergüenza darles un simple beso en un lugar así y me parecía una niñería y capricho mío. Finalmente me acompañó, pero cuando los encontramos el pudor pudo conmigo y no me atreví a nada. Es una tontería, lo sé… pero no me salió hacerlo con el escritor observando mis movimientos, así que nos despedimos a modo normal y subimos al piso de arriba a por nuestras chaquetas. Nos quedaban aún una tanda de bebidas y mientras pedíamos me quedé pensando en la despedida de esa pareja… el escritor se dio cuenta y me dijo que bajara a buscarlos yo sola si así lo deseaba. Fui volando y los encontré.
La besé primero a ella y después a él. Entre risas de los tres, volvimos a besarnos.

– Esto lo haces para que nos acordemos de ti, no?-
– Claro – les dije con cara traviesa mientras subía los primeros peldaños al piso superior.

El local nos pareció muy recomendable. De ambiente muy parecido al Training Pedralbes en el que la gente está por lo que tiene que estar y no de pavoneo. Con la mejora que la decoración es moderna y con buen gusto, el personal atento y la discoteca bien llevada.
Es un lugar donde traería a gente novata y experienciada por igual, pero para novatos me parece un sitio genial por el tema de las puertas que se pueden cerrar y por la discoteca y el espacio del piso de arriba. Puede ser un refugio en caso de no atreverse a pasar a un nivel mayor.

Salimos del club sobre las cuatro de la mañana, cansados. Me quedé sin final feliz en casa del escritor, estaba agotada y al día siguiente tocaba madrugar.

Visitamos… el Jardín del Edén (III)

De nuevo fuimos al bar, yo con la risita por lo que acababa de pasar y observándolo todo. Todas las personas que pasaban cerca de mi, las que habían al fondo, las luces, la decoración, el culo de esta, el pelo del otro, zapatos, vestidos… estaba como una niña descubriéndolo todo. Me di cuenta que todos iban vestidos excepto yo… no me importó. Obviamente había atuendos muy sexys y para nada de calle, pero nadie iba desnudo.
En el bar nos encontramos una pareja que el escritor conocía de un viaje a Francia, pero con la que no había mantenido relaciones. Eran simpatiquísimos y aunque no me atrajeron especialmente al principio, sí que me reí y me parecieron muy agradables. Charlamos un rato, volvimos a pedir bebidas y nos dirigimos al piso inferior. Ahí están los vestuarios como os decía y además podéis encontrar una piscina bien arregladita (más que la de otros clubs) aunque el olor a cloro es molesto. En el otro extremo del piso está la sala de cine que se abre con una de las llaves que te dan (lo cual me pareció un poco absurdo), una sala bdsm pequeñita y un pasillo muy largo lleno de habitaciones a ambos lados. Cada habitación consta de una cama cubierta de una tela tipo polipiel y tiene puerta por si quieres cerrar y tener más intimidad. Me pareció una opción genial y bien pensada por si quieres estar tranquilo o por si necesitas intimidad en las primeras veces, si vas muy de parejita y esas cosas.
Por último hay una sala con luz roja, muy chula que esta sí está decorada como la habitación de un hotel, con su cama y un sofá al fondo por si alguien quiere sentarse a observar. Aquí no hay puerta.
Estuvimos un rato en esta sala y luego fuimos a una de las habitaciones con puerta. Es donde estuvimos más rato y desatamos nuestra pasión al completo. La puerta la dejamos abierta, no tengo problemas con que me miren sólo me desconcentra un poco, pero quiero acostumbrarme y aprender a centrarme aunque haya ruido, gente o mirones. El escritor me sugirió que si veía a algún hombre pasar que me hiciera gracia, que se lo dijera y le invitábamos a entrar para que yo jugara con él. Eso no pasó pues estaba centrada en él y en mi. De hecho me costó bastante correrme por la gente que pasaba por el pasillo y me distraía con sus conversaciones.

Recuerdo que como último visitamos el cine y ahí estaba ya bastante cansada… respondí al escritor “en casa” cuando me preguntó dónde quería acabar. A todo esto él aún no se había corrido, me dijo que cuando va a los clubs aguanta bastante y os puedo asegurar que lo sufrí al día siguiente porque tenía todo lo de abajo dolorido, jaja. Maldito lubricante que justo ese día se me olvidó!
Fuimos al vestuario para vestirnos de nuevo y coincidimos con una pareja extranjera que en la habitación roja nos había preguntado por un intercambio. La chica era mona, pero él me pareció muy machista ofreciendo su mujer al escritor como si se tratara de un trozo de carne. Sospechaba además que iba un poco tocado por el alcohol y por ahí sí que no paso.
De broma y en varias ocasiones le llamó “egoísta” al escritor por no dejarle acostarse conmigo. Yo observaba la escena en segundo plano y ya me iba bien. No quería tener que lidiar con eso y les dejé con la conversación para salir fuera al pasillo y buscar con la mirada a la pareja con la que habíamos charlado en el bar. Se me ocurrió en ese mismo instante despedirme de ellos con un buen beso. Él me pareció cariñoso y respetuoso, con buen fondo. Aunque no era mi ideal a nivel físico, no me importaría estar con él a nivel más íntimo si el escritor también hubiera deseado acostarse con su pareja: una rubia delgadísima, simpática y con sus años. Muy dicharachera.

Visitamos… El Jardín del Edén (II)

A ver cómo os explico los 900m2 que tiene este pedazo de local…:
En la planta de arriba tal y como comentaba, está el bar y la discoteca. El sitio está decorado con gusto y da la sensación de estar en una discoteca normal y corriente. Lo único que la gente lleva cierto tipo de vestuario o en algún momento puedes ver ciertas escenas que no verías en otro lado. El escritor fue el primero en encargarse de enseñarme que en estos locales se permite tener sexo en cualquier lado. Y cualquier lado es cualquier lado…

Después de desvestirnos y quedarnos con lo que consideramos (yo a petición del escritor me quedé en braguitas, collar y tacones. Con el pecho totalmente al descubierto), subimos al bar a pedir bebida. Al poco rato no dudó en levantarse el Kilt, -vaya cosa más práctica se llevó… jaja!- situarse detrás de mí y penetrarme ahí mismo, con mis manos apoyadas en la barra mientras yo le ponía cara de: no, en serio. De verdad? Ufffff, qué manera de empezar. Estaba entre nerviosa, excitada, cagada, ansiosa, excitada, excitada, excitada…
Al acabar nos fuimos a la discoteca. Es enooooorme! Hay una pista y seguido un espacio lleno de sofás tipo chester en color blanco. Dimos una vuelta por ahí, estuvimos mirando a la gente que iba llenando el local y nos paramos en un murito que separa una parte de la pista de  baile de la zona de sofás. Es un muro perverso… queda a la altura de la cadera (sí, sí. Ya sé que ya lo estáis pillando y pensando en las posibilidades, diablillos!) y encima de él cae una cortina de esas de tiras muy finas como los flecos de un vestido de charlestón.

Me paré a observar la pista desde ahí y de nuevo el escritor se situó detrás de mi… podía notar su excitación pese a la gruesa tela del kilt. Acercó su mano a su boca para coger saliva y la bajó hasta mi entrepierna para humedecerla: me pone enferma cuando hace esto, es una imagen súper morbosa porque sabes lo que viene después. Tiene una expresión en la cara de lo más excitante.
Me embistió y apoyó una de sus manos en mi espalda para hacerme apoyar encima del muro. Saqué medio cuerpo entre las cortinas dejando mi pecho al descubierto ante todos los que bailaban. Mi cara era un poema y no sabía ni para donde mirar… si a la pared de la derecha para concentrarme y sentir su miembro dentro de mi o bien buscar la mirada de alguien en la pista y hacerle partícipe de mi excitación. Miré en varias direcciones observando a la gente de la pista, sólo cuando la penetración era profunda y ruda, cerraba los ojos. Todo se volvió un poco confuso y espeso por las luces, el polvo, la música… de repente tenía a una pareja al otro lado del muro mirándome de manera muy lasciva. Yo les miré fijamente y se acercaron más a mi, empezando a tocarme el pecho y la parte superior del cuerpo que asomaba entre las cortinas. Como vieron que yo no los apartaba siguieron esta vez besándome el pecho él y ella tiro de mi pelo. Al principio me sorprendió, después entré en su juego y no me desagradó cuando lo volvió a hacer. Estaba yo muy ocupada entre la parejita y el escritor, pero decidí a los pocos minutos (creo que fueron pocos) que ya había tenido suficiente. Me retiré levemente y el brazo del escritor me rodeó para apartarme de ellos y recogerme de nuevo junto a él, totalmente ya al otro lado del muro.

Nosotras ya sabíamos cómo iba a acabar la noche

By ElDePapel

“Que yo esté pachucha no implica que tú tengas que quedarte encerrado en casa, con uno que pringue ya es suficiente, sal y pásatelo bien.” Todo a empezado, bueno, mejor dicho todo empezó ayer con esta frase que me dijo mi pareja y por lo que decidí finalmente ir a la cena a la que me había invitado una desconocida con la que tenía contacto por Facebook. Me apetecía conocerla o mejor dicho conocerlas porque también habría una amiga suya con la que también había estado escribiéndome alguna vez.
Así que me presenté en el restaurante en que habían quedado para acoplarme a un grupo de gente que no conocía de nada y cenar con ellos. Ahí las conocí, a Sara y a Dafne, charlamos, cenamos… se me da bien socializar pero no dejo de sentirme un poco raro sobretodo porque al no conocer a nadie previamente no sé muy bien de qué hablar. Pero lo pasé bien, conocí gente interesante y me sentí cómodo.
Después de los postres cambiamos de ubicación para tomar “los cafés” en un bar a pocos metros del restaurante y así cambiar un poco de ambiente. Cambió el tono de las conversaciones y se empezó a definir un plan para esa noche. Se dijo de ir a tomar una copa a algún sitio y propuse Uhomo. Me sorprendió lo fácil que se aceptó la propuesta y de hecho, ahí terminamos después de repartirnos entre los diferentes coches de que disponíamos.
Las noches de los jueves no son tan moviditas en Uhomo como las de un sábado, por ejemplo, pero había bastante gente y, al fin y al cabo, nuestra intención era ir a tomar algo, bailar y además conocer un sitio nuevo, así matábamos dos pájaros de un tiro.
Ahí bailamos, mucho, bailé un poco con Dafne algo de salsa y algo de bachata, siempre juego esa carta, pero no vi mucha intención de que pasara nada conmigo por su parte, todo lo contrario de Sara que estuvo jugando con el acercamiento y las indirectas prácticamente desde la cena. Pero me pareció que era su forma de ser, de jugar de estar. Bueno, pues no siempre acierto, me equivoqué, me equivoqué bastante y me equivoqué con ambas pero de eso me di cuenta luego cuando las vi a través de un cristal cómo me hacían señales para que fuera a la pecera, la sala de camas en la que se encontraban y desde la que se ve toda la pista de baile. Anda que tardé en cruzarme la pista, entrando en la zona de camas y encontrándomelas a medio camino en un pasadizo oscuro y extremadamente estrecho al que hay que pasar para acceder a la pecera.
Ahí, en esa situación se me despejaron todas las dudas, ambas me tenían ganas y me habían estado buscando desde que entramos en el club.
No me lo podía creer:

“Date cuenta de lo que está pasando. Tienes a estas dos chicas que se te están comiendo con los ojos con esas sonrisas pícaras, entre nerviosas y excitadas a escasos centímetros de ti. No tengo que alargar mucho los brazos para llegar a sus cinturas, con la mano derecha Sara y con la izquierda Dafne. Ellas aceptan mi contacto y se arquean un poco para acercar sus caderas hacia mí facilitándome el acceso a sus espaldas con mis manos.”

Se me aceleró todo, incluso la respiración lo que provocó que se me notara la excitación y eso a ellas les gustó, ya me tenían dónde y cómo me querían tener. Les confesé que estaba sorprendido, que no me imaginaba que quisieran nada conmigo, sobretodo Dafne a la que había notado poner un poco de distancia en algún momento. – “¿Ah sí? Pues nosotras ya sabíamos cómo iba a terminar la noche desde que estábamos en el restaurante.” – Ahí ya se me escapó una risa nerviosa y me puse a cien.
Nos hicimos nuestra una de las “habitaciones”, la pequeña que hay justo al entrar en la zona de camas, al lado de la jaula. Entre los nervios de lo inesperado, cansancio por el bailoteo previo dándolo todo, no sabía por dónde empezar. Sí, a veces no tengo la situación completamente controlada.

– “Antes de empezar queremos comentarte algo. Somos muy amigas pero tenemos el acuerdo de que no interactuaremos entre nosotras. Las dos vamos a jugar contigo y tú puedes jugar con las dos pero entre nosotras nada.”

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Eso era una situación nueva para mí, todos los tríos que había hecho hasta el momento con dos mujeres, ellas eran bisexuales y jugaban entre ellas. Siempre he dicho que los mejores tríos son aquellos que haces con dos mujeres bisexuales y si una de ellas es tu pareja ya es de escándalo. Desengañémonos, por muy potente que seas, como hombre, por mucho que te esmeres, nunca podrás satisfacer a dos mujeres al 100% y menos a la vez… Me encontraba entonces con una situación nueva y con una sensación de presión por intentar complacerlas a las dos a la vez yo sólo. Como contrapunto tenía el ego subiéndome por momentos porque tenía a las dos deseándome a mí y sólo a mí en ese momento. ¡Venga! Por si no tenía suficiente presión, nervios, agotamiento.
Aclaradas las normas de juego, nos dispusimos a empezarlo, suavemente con besos. Entre beso y beso íbamos sacando alguna prenda de ropa. En condiciones normales, en un club me falta tiempo para desnudarme, pero es que teóricamente no tenía que pasar nada, estábamos ahí sólo para tomar algo y nos estábamos desnudando para tomarnos unos a otros. Hasta Sara me confesó que no llevaba las braguitas de follar porque esa no era la idea de cómo trascurriría la noche en el momento de salir de casa. Primero la parte de arriba, Dafne llevaba un chaleco igual que yo, eso fue lo primero en volar quedándome yo con el torso al aire y ellas protegidas aún por su ropa interior, me tomé una pausa de sacarles la ropa para centrarme en Dafne, la que estaba más nerviosa, si cabe, de los tres… por lo menos más que yo porque me da la sensación que Sara no tenía ni un atisbo de estar nerviosa. Me dediqué a besar a Dafne mientras sentía a Sara a mi espalda, acariciándome y besándome el cuello. Tan obsesionado estaba en intentar templar los nervios de Dafne a base de caricias y besos que no me percaté de lo que hacía Sara puesto que ya no notaba el contacto de su cuerpo. Cuando volvió, giré la cabeza para saborear otra vez los labios de Sara, mis labios aún tenían el calor de los besos de Dafne. Así que por un momento sentí besarlas a las dos al mismo tiempo.
Mi mano izquierda buscó la pierna de Sara mientras la derecha se encargaba de mantener el pecho de Dafne bien pegado al mío apresándola para evitar que su boca se me escapara. Se dice que los hombres no somos capaces de hacer dos cosas a la vez, es por eso que dejé que mis manos fueran por libre explorando cada una uno de los cuerpos que más deseables se me antojaban en ese momento.
Uno de los primeros de tantos escalofríos que me provocarían fue cuando mi mano izquierda, recorriendo la pierna hacia arriba de Sara, llegó a su entrepierna haciéndome descubrir que estaba completamente desnuda. Sorpresa completamente agradable, pero… ¿cómo podía ser que ya estuviera completamente desnuda mientras que yo aún llevaba los pantalones puestos y, ni siquiera el cinturón desabrochado?
Mi preocupación por no haber sido el primero en desnudarme esta vez de esfumó de repente y volví a la situación, había notado lo abundantemente mojada que estaba Sara, sentí mis dedos completamente empapados. No pude evitar traerme con prisas los dedos a la boca, necesitaba saborearla, ingerir parte de ella… deliciosa.
Necesité deshacerme de tanta ropa, necesitaba liberar mi cuerpo para ofrecérselo para que me devoraran o hicieran conmigo lo que les placiera.
Se me hizo extraño, incluso sentí que no sabía cómo podía estar por ellas dos a la vez, estoy acostumbrado a centrarme en alguien y que la tercera persona me ayude a estimularla, como compañeros con un mismo objetivo, regalar placer. Pero esta vez fue diferente, cuando me centraba en una de ellas, la otra pasaba a ser espectadora de nuestra intimidad. La verdad es que con lo exhibicionista que soy, tener público que además veía lo que seguidamente pretendía hacerle a ella… me suponía un reto morboso.
Dafne no se quitó la ropa interior, necesitaba mantener ese límite y se lo respeté, y eso hizo que su cuerpo aún fuera más prohibido, sólo podía sentir su cuerpo a través del tejido lo que me hacía agudizar mi sentido del tacto. Mordía la copa de su sujetador para que sintiera mis ansias en su pecho, presionaba sus braguitas para que sintiera el calor de mi cuerpo en su sexo, traspasé virtualmente su ropa, su barrera para llegarle lo más profundo dentro de ella con mi esencia, con mi deseo para encontrar el suyo.
En todo momento sentía la mirada de Sara que nos observaba disfrutando de nuestros cuerpos bailando en horizontal a escasos centímetros del suyo. De vez en cuando, alguna de mis manos la buscaba para cerciorarse de que seguía ahí… y la encontraba.
Luego Sara fue quien acaparó mi atención, repasé su cuerpo con prisas, parecía que quisiera memorizarlo antes de que desapareciera. Ya había probado el sabor de su sexo y no me había saciado aún el hambre de él así que no tuve más remedio que situarme entre sus piernas, quería alimentarme de ella, no era un deseo, era una necesidad vital.
Dafne no pudo evitar regalarme caricias y besos en la espalda mientras yo me centraba en provocar un orgasmo a su amiga con mi lengua y mis dedos. No sé quién de los dos se lo agradecerá más pues yo sentía el placer de sus regalos pero intensificaban mi voracidad que saciaba con Sara.
El tiempo se nos pasó volando, lo que tenía una cena y copa de esas medio de compromiso que con total seguridad te permitirá estar de vuelta en casa poco después de medianoche, se había prolongado hasta más allá de las cuatro de la madrugada.
Cuando salimos de ese especie de estado de embriaguez y nos dimos cuenta de la hora que era, bajamos a la tierra y, sensatos como queríamos parecer, decidimos retirarnos. En la cola del guardarropa, se sucedían miradas y sonrisas, de vergüenza por sabernos desconocidos que habían compartido momentos intensos, apasionados y cargados de intimidad. Salimos a la calle y buscábamos excusas para no separarnos, para que la noche no terminara ahí. No podíamos simplemente irnos cada uno por su lado así que apuramos hasta que el sol ha salido impertinente recordándonos que, quisiéramos o no, la noche había terminado.
Ahora me siento en mi cama, muerto de sueño, agotado y con la mujer de mi vida durmiendo a mi lado. Ella aún no lo sabe pero siento profundo agradecimiento y amor por el regalo que me ha hecho esta noche.

– “Buenas noches amor mío, me lo he pasado muy bien y me muero de ganas por contártelo todo. Te quiero.”

Me tumbo a su lado, la abrazo y me duermo en su pelo.
Aún me dan escalofríos cada vez que recuerdo sus miradas, sus sonrisas, sus caricias y sus besos… como ahora mismo, por ejemplo, uno me recorre la espalda y tiemblo.